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Por PAULINO MOLINET

( publicado en la revista oficial de OLENTZERO de IRUÑA. Un pequeño homenaje a Luis Mari Sota, amigo incondicional de la Cafetería Romero)

Cada 24 de Diciembre de casi toda la década de 1990 (cuando mi primera hija cumplió los tres años. Luego vendrían otros dos más), un colectivo de padres y madres nos encargamos de preparar, financiar y gestionar lo que serían los primeros pasos de la esperada  fiesta de Olentzero en Lodosa.

Luis Marí Sota Gainza era un Olentzero de verdad. En Lodosa tuvimos la gran suerte de que nuestros hijos tuvieran un olentzero auténtico. Una persona que sintió y vivió la fiesta, la ilusión que su presencia irradiaba alrededor, con la misma intensidad que aquellos pequeños que acudían en masa a verle, tocarle y recibir sus presentes. Transmitió tranquilidad a unos padres que hasta entonces desconocían al personaje y habían recibido noticias alarmantes de otros lugares. El y aquellos pequeños dieron una verdadera lección de que la convivencia de las distintas figuras navideñas era posible. Serían los adultos nuevamente los que impondrían sus trabas, incapaces de aceptar el éxito de una convocatoria que saltaba por encima de  ideologías y creencias.

El “Olentzero de verdad” entrega el regalo a una niña ilusionada

Los mayores de nuestro pueblo no sabían mucho por entonces sobre cuáles podían ser las intenciones de este entrañable personaje. ¿Sería éste un festejo depredador? Como todos los depredadores, ¿se alimentaría también de otras fiestas?  ¿De quién viviría el carbonero Olentzero? Los niños vencerían los temores adultos y lo acogieron  sin reparos en cuanto vieron  su cara tiznada de negro y su rechoncha barriga. Su  calurosa bienvenida consiguió extender la celebración a los pueblos vecinos, que hasta entonces no contaban con la presencia del alegre  personaje.

Y es que las conciencias de los mayores se encuentran, a veces, limitadas por emociones marcadas a lo largo de los años. El famoso biólogo y divulgador científico Richard Dawkins abunda en este  mismo tipo de manipulación aunque la sitúe en otro contexto. En 1.995 el periódico “The Independent” publicaba un artículo sobre la Navidad  en la que el prestigioso rotativo mostraba una  fotografía de tres niños vestidos de reyes magos en un belén. El texto describía a los niños como “un musulmán, un hindú y un cristiano”. Se suponía que era enternecedor que pudieran presentar unidos la navidad. Esto mereció la siguiente respuesta  de Dawkins: “Lo que no resulta nada enternecedor es que estos niños tienen cuatro años. ¿Cómo se nos puede ocurrir describir a un niño de cuatro años como un musulmán, un cristiano, un hindú o un judío? ¿A alguien se le ocurriría hablar de un monárquico o un republicano de cuatro años? 

Y los niños de Lodosa no distinguieron entre religiones, creencias heredadas o prejuicios adquiridos. Ellos, los protagonistas de la fiesta, aceptaron incondicionalmente a un Olentzero con aspecto bonachón y una sonrisa en la cara. Ellos supieron que se podían acercar a él sin esos miedos ancestrales de unos adultos anquilosados  en sus propios temores  a la diferencia, a lo desconocido. Ellos hicieron la fiesta.

Ellos y un Olentzero que supo transmitir y vivir con ellos esa alegría que hablaba de convivencia y no de enfrentamiento. Ese OLentzero fue Luis Mari Sota Gainza. Cuando me encargaron este artículo para la  revista “Olentzero” y tuve que rememorar aquellos años, pregunté a mi segunda hija – que ahora tiene dieciocho años – si guardaba algún recuerdo  de entonces. Ella contestó rápidamente que se acordaba perfectamente. Aunque sabía a qué se refería, insistí: “¿y de qué te acuerdas? “. Su respuesta fue clara, rotunda, contundente  y muy definitoria: “De  que era un Olentzero de verdad “.

Pues sí, Luis Marí Sota Gainza era un Olentzero de verdad. En Lodosa tuvimos la gran suerte de que nuestros hijos tuvieran un olentzero auténtico. Una persona que sintió y vivió la fiesta, la ilusión que su presencia irradiaba alrededor, con la misma intensidad que aquellos pequeños que acudían en masa a verle, tocarle y recibir sus presentes. Transmitió tranquilidad a unos padres que hasta entonces desconocían al personaje y habían recibido noticias alarmantes de otros lugares. El y aquellos pequeños dieron una verdadera lección de que la convivencia de las distintas figuras navideñas era posible. Serían los adultos nuevamente los que impondrían sus trabas, incapaces de aceptar el éxito de una convocatoria que saltaba por encima de  ideologías y creencias.

Y surgirían problemas, con unos y con otros, con los que no querían su presencia y con los que deseaban aprovecharse de ella, pero el Olentzero continúo adelante por encima de todos ellos y hoy, tan orondo como siempre,   sigue paseándose por las calles de Lodosa cada veinticuatro de Diciembre.

Pero Luis Mari Sota ya no está en esas calles para seguir  transmitiendo y recibiendo emoción. Y digo recibiendo porque él también sintió el personaje y vibró con  él.  Él que podía haber heredado los mismos temores que atenazaban a otros, hizo sin embargo de cada Nochebuena un día especial en su vida. Era auténtico, “de verdad “, porque sentía como un Olentzero, porque las sonrisas de los niños eran también las suyas, porque aprendió a vivir la fiesta con la misma carga de emoción que  reflejaban aquellos que levantaban sus manos para tocarle. Porque para él no  existían tampoco “monárquicos”, “republicanos”,”hindúes” o “cristianos”.  Eran niños y él el alma de Olentzero.

Luis Mari Sota falleció un cuatro de Abril del año 2000.  Apenas cuarenta y cuatro años, Una muerte injusta por temprana, como tantas otras. Con él se iba una parte de la esencia del festejo. Y él, que no había vivido la fiesta del Olentzero en su niñez, que no había sabido de su existencia hasta ya mayor, cuando ya no creía demasiado en esas cosas, decidió llevarse una parte de esa celebración que había sentido con tanta intensidad y a la que había aportado tanto. Luis Mari Sota pidió pasar a su otra vida  con el traje que tantas ilusiones le había reportado en ésta, con el traje del Olentzero. En su último paseo por Lodosa quiso seguir siendo el Olentzero de su pueblo.

Este es nuestro pequeño homenaje a esa gran persona. Espero que, estés donde estés, hayas encontrado un tronco de madera para poder sentarte, enciendas de una vez  esa pipa tan gastada, aunque siempre apagada , y nos mires a todos con la misma complicidad y cariño que derrochaste cada veinticuatro de diciembre por las calles de Lodosa. Para nosotros seguirás siendo siempre nuestro Olentzero – gure Olentzero-, el de verdad.

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